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    28/dic/12

    Alberto Dávalos, ganador del I Concurso de Relato Breve de Rincón de la Victoria

    Un total de 90 escritos han participado en este certamen literario

    El madrileño Alberto Dávalos ha sido el ganador del I Concurso de Relato Breve convocado por el Área de Cultura del Ayuntamiento de Rincón de la Victoria por su relato “Amaya, come”. Según ha explicado el concejal del ramo, Antonio José Martín, “ha sido una convocatoria que ha superado todas las expectativas, ya que en esta primera edición se han presentado 90 relatos, 21 de ellos de nuestro municipio e, incluso, algunos llegados desde Colombia, Chile y Cuba”.

     

    Martín ha destacado el nivel de calidad de los trabajos literarios presentados y ha explicado que el jurado ha realizado varias lecturas de todos ellos, seleccionando los tres mejores y, finalmente, el ganador. “La calidad literaria ha sido excelente y ha sido muy difícil tomar la decisión para todos los miembros del jurado. Esperamos seguir manteniendo este mismo nivel en ediciones futuras”.

     

    Según ha explicado el edil, “Amaya, come” ha sido elegido ganador “por su expresividad literaria, su frescura en la narración descriptiva y en los diálogos y sus sutiles toques de humor, todo ello ajustado a las cinco páginas que indicaban las bases y con la dificultad que conlleva expresar tanto contenido en tan poco espacio”.

     

    El alcalde de Rincón de la Victoria, Francisco Salado, ha destacado que “certámenes como éste suponen poner el nombre de nuestro municipio en el panorama literario y que nuestras actividades culturales crucen fronteras gracias al uso de las nuevas tecnologías”.

     

    AMAYA, COME

     

    Entonces, ella era una niña, morena e inapetente, y yo un adulto que jugaba al fútbol en el patio, aunque casi siempre calentaba el banquillo, por derrotista y torpón. Cuando subía a casa, uno de esos apartamentos de playa que miraban a un edén de palmeras, oía a sus padres recitar la otra canción del verano: “Amaya, come”, estirando la “o” hasta hacer de ella una plácida colchoneta, con una paciencia que solo cabe atribuir a algunos santos y a todos los padres y los muertos.

    Un muro de trabadas piedras pequeñas separaba nuestras celdas. Mi vergüenza fue siempre un paso por delante de mi curiosidad, y nunca me hice el encontradizo para hablar con Amaya, ni siquiera cuando se quedaba sola viendo los dibujos mientras sus padres bajaban al supermercado. Escuchaba sus risas y seguía a lo mío, igual que un novio primerizo que se adiestra en los misterios de la intimidad.

    Además, ya lo he dicho: ella era una niña, de siete u ocho años, y yo afrontaba la incertidumbre de una madurez que, para empezar, había sepultado los muñecos infantiles en el desván, allí donde mi aburrimiento no podía alcanzarlos. En octubre cumpliría once: los amigos imaginarios ya no estaban bien vistos; los deportes, sí; y, en ocasiones, hasta se podía hablar de chicas, aunque sin excederse.

    Yo no lo hacía, ni mucho ni poco. Me constaba que todos exageraban sus conquistas, pero a mí me habrían descubierto enseguida, y no había cosa peor que un fantasma. Aprendí tarde a besar, y aún dudo de que sepa hacerlo ahora; y esquivaba las fiestas de cumpleaños porque la música me daba miedo. Cuando mis amigos hablaban de chicas, yo me reía, y esa risa bastaba para franquear la puerta de las confidencias, tan pueriles como cabe suponer.

    Ahora no recuerdo que ninguna me entrara por los ojos. Si acaso, me gustaban las mayores e inalcanzables, esas que no tenían nombre y sí un pasado turbio y un porvenir fatal. Las veía jugar en la playa o bañarse en la piscina como cuadros renacentistas; pero no eran exactamente mujeres, sino sueños fugaces que alimentaban mi deseo de crecer lo antes posible, para hablar con ellas sin tartamudear o invitarles a un helado porque sí. Mientras llegaba ese momento, me conformaba con ejercer de chico de los recados o recogepelotas; y cobraba mis favores a puñados de sonrisas.

    Amaya no pertenecía a ese grupo, aunque mis visiones de ella también fueran fugaces e insustanciales. A veces, coincidíamos a la vuelta de la playa o esperando el ascensor con los bártulos de las hamacas, las palas y las cremas solares; pero éramos tan tímidos, que no cruzábamos palabra. Ya hablaban nuestros padres por nosotros, con ese guión cantamañanero que un día empezaríamos a manejar, mal que nos pesase. Lo primero, me parece, era el tiempo, aliñado por un complemento circunstancial de modo sobre lo crecidísimos y guapos que estábamos. Toreaban la política porque en vacaciones nunca pasaba nada, y el ciclismo llenaba el silencio hasta que nos despedíamos. El héroe se llamaba Miguel Indurain. A mis vecinos les enorgullecía que fuera navarro, como ellos.

    Era más fácil la vida entonces. No había que mentir todo el día: solo a veces y siempre por una buena causa.

    Por supuesto, yo sabía cómo era Amaya. Quiero decir que, aunque la veía poco, me acordaba de su cara al principio de cada verano. Los ojos grandes, media melena negra, y pequeña, muy pequeña. No se puede decir que la viera crecer, porque, cuando se crece a la par, los progresos no se notan, ni siquiera de año en año: Amaya siempre sería un poco más baja que yo y sería siempre una niña.

    Desde mi terraza indiscreta, asediado por los moscones y adormecido por la alegría azul de los pájaros, aprendí sus risas y sus lágrimas. Se le daba bien sacar de quicio a sus padres y puede que alguna vez se ganara una torta; no me acuerdo. La comida era su vía crucis: las sobremesas se prolongaban hasta que los platos se rendían, exhaustos, en el fregadero y el padre pedaleaba el valle o la montaña que correspondiera.

    Todos los días eran iguales, pero las estrellas y las nubes eran diferentes cada noche, como los sueños.

     

    Recuerdo que los jueves comíamos paella en el Leman, el restaurante de Arcadio, a unos trescientos metros de la biblioteca. De las paellas se encargaba la madre de Arcadio, una mujer que vencía su ascetismo de fogón pasando revista a las mesas cuando los comensales se chupaban ya los dedos. Vagaba de mesa en mesa y preguntaba qué tal todo. “Todo” era su paella. Mi padres respondían: “Estaba muy rica”, y la cocinera se alisaba el delantal, nerviosa y agradecida.

    Tenía Arcadio una hija, esta sí de mi edad, que ayudaba a su padre a servir las mesas. Puede que alguna vez la mirara, no lo sé, pero han pasado los años e ignoro hasta su nombre y el trato que le ha infligido la vida.

    Arcadio era un hombre sociable, es decir, un camaleón, capaz de dirigirse a sus huéspedes con el tono que cada cual requería. A mi padre, que siempre le estaba gastando bromas acerca del excesivo precio de la paella –seis mil pesetas para los cuatro–, le seguía el juego, justificando el atraco por culpa de la inflación. Luego, se dirigía a mi hermano Gus y, tamborileando las manos en el aire, le decía: “Tú tranquilo, sin prisa, hijo, que abrimos hasta las tres de la mañana”; mi hermano siempre era el último en acabar. Le gustaba la paella, pero se distraía papando moscas o viajando a las noches persas en la alfombra mágica de un grano de arroz. Era clavado a Amaya.

    Conmigo, Arcadio era bastante menos expansivo, porque nunca me veía en los coloquios de la mesa. En cuanto me apoltronaba en la silla, empezaba a hojear las revistas cochambrosas que nadie más que yo se atrevía a tocar, y fantaseaba con la idea de que algún día estamparía mi firma en ellas. La letra impresa me hipnotizaba y las alabanzas a la paella o a los flanes caseros que preparaba la hermana de Arcadio ingresaban súbitamente en la categoría de “ruidos de fondo”.

    Cuando los clientes se iban, Agustín, el padre de Arcadio y el único mago que he conocido en mi vida, juntaba las mesas para la partida de póquer y las vestía con un tapete verde. Mientras iban llegando los jugadores, prósperos empresarios de la construcción, Agustín me embelesaba con sus trucos de magia: una carta planeaba bajo las aspas del ventilador y, sin saber cómo, aterrizaba en el bolsillo trasero de mis pantalones.

    –¿Has visto eso, chico? ¿Dónde está ahora la carta?

    No nos quedábamos hasta tarde solo por el espectáculo, sino porque mi hermano seguía batallando en el lecho submarino de su plato, en busca de mejillones y almejas que llevarse a la boca. Cuando por fin ascendía a la superficie, nosotros ni nos enterábamos, embotados como estábamos por el sopor y las ganas de siesta.

    –Te voy a tener que decir como los padres de Amaya: “Gustavo, cooome” –remedaba mi madre, y Gus resoplaba.

    Echábamos la tarde en la playa, hasta que el sol empezaba a bostezar, se levantaba un viento fastidioso y regresábamos para ver las noticias. Nunca pasaba nada. Después de todo, era verano, pero ya se sabe: hay tradiciones más fuertes que el verano.

     

    ¿Cómo sigue esta historia? ¿Vuelan las hojas del calendario hasta que me hago mayor y contemplo en mi cuarto, entre la impasibilidad y la aprensión, mi flamante título de Periodismo? Sí, el cuento podría seguir así, imitando la técnica de las películas. Pero antes tendría que explicar en qué consiste “hacerse mayor”. Consiste en olvidar. Crecer es cancelar una y otra vez esa cita ineludible y desesperada con los recuerdos. No hay otra manera. Durante ese tránsito tan fugaz las huellas se van desvaneciendo, hasta que sentimos que hemos roto los lazos y que podemos tantear un nuevo camino. Un camino que es nuestro, una elección que por un momento nos parece libre –en realidad, no lo es– y que suele estar llena de espinas y malos tragos. Crecer es sufrir porque, a partir de cierto momento y hasta el final, marchamos ciegos y a solas, y caemos, caemos muchas veces, y nadie nos levanta.

    Dejé de ir al pueblo no sé cuántos años. Cualquier excusa que alegue para justificar ese abandono resultará inverosímil. No fue por la servidumbre de las becas que me exprimían la sangre en los meses estivales, ni por los viajes a Inglaterra con el pretexto de aprender idiomas y la franqueza de conocer a chicas (aunque hablaran español). Sencillamente, otros gustos me fueron alejando de ese paraíso de la infancia, cada vez más parco en la memoria. Ya no me apetecía levantar castillos en la arena, ni calentar un hipotético banquillo. El secreto estaba en adaptarse al presente y, resuelto a ello, borré los años del pasado con un empeño suicida, sin saber que también me estaba borrando a mí mismo.

    Mis padres encontraron en ese clima su retiro dorado. Tras jubilarse, nos dejaron el piso de la capital a mi hermano y a mí, pero Gus no tardó en irse a vivir con una chica separada y con un hijo, de modo que, sin derramamiento de sangre ni riñas legales, me apoderé de toda la fortaleza.

    Cuando hablaba por teléfono con mi madre, podía percibir hasta el aroma salino del puerto y la cabellera leonada de las palmeras, apostadas en el jardín de enfrente. Me imaginaba a mi padre tumbado en la hamaca de la terraza, descifrando el mapa del cielo; y esa visión me remitía a otra que trataba de ahuyentar: tan solo unos años antes, mi padre no se había sentido solo porque un muchacho soñador, descalzo y con pantalones cortos, de pelo difícil y gafas de pasta, lo acompañaba en la hamaca contigua.

    Supe, por mis padres, que los abuelos de Amaya habían fallecido; que a su madre la trataron una temporada de los nervios; y que ella se echó un novio con el que rompió poco después. Me parece que estudió una carrera, tal vez Trabajo Social. ¿Qué podía importarme? Nunca habíamos sido amigos. No pensaba en ella y escuchaba las confidencias de mi madre con total dejadez. Amaya solo era un nombre, tan desprovisto de cuerpo como tantos otros. Habría crecido, y ya no llevaría la melena como antes. Fumaría o no, preferiría la ginebra al whisky o viceversa, le gustaría la música pop o la clásica, hacer el amor arriba o abajo.

    Esa larga edad media de oscurantismo y contumacia aflojó por fin el puño y, tras diez o doce años, regresé al pueblo. Al principio, me sentí como un extraño en mi propia casa. Reconocí los cambios, las mejoras fruto del crecimiento económico, y experimenté, sobre todo, la pequeñez de ese mundo que no hacía tanto tiempo me había parecido inabarcable: la fuente no era tan ostentosa, el acantilado no resultaba tan amenazante, al pueblo vecino se llegaba en menos de una hora…

    Y cuando acepté la nostalgia como un regalo de los dioses y el pueblo recuperó su olor, su sabor y su forma, cuando me acostumbré a los carteles en ruso que evidenciaban la pujanza del gigante eslavo en toda la cuenca mediterránea, cuando asumí que aquel pueblo en el que ahora se perseguía la venta ambulante era el mismo en el que mis padres me habían comprado todos los relojes de baratillo, y cuando, en fin, empecé a pasar ahí todas las vacaciones, volví a verla.

    Había salido a comprar agua embotellada con mi madre, que en el camino me contó que en Semana Santa habían cerrado el Leman.

    –En realidad lo han traspasado. No tenían negocio desde que se murió la madre de Arcadio. Ella sí que hacía buenas paellas, pero las últimas veces que fuimos estaban resecas.

    Llegamos al bloque y mi madre saludó en el aparcamiento a tres chicas que estaban charlando. Ninguna parecía haber cruzado el umbral de los treinta. Dos de ellas estaban sentadas en un banco, mientras que la tercera estaba de pie y de espaldas a nosotros. Respondieron al saludo con flojedad, sin entusiasmo, y mi madre las miró reprobatoria.

    –¿Sabes quién era la que estaba de espaldas? –me preguntó en el ascensor.

    –No, ni idea.

    –Pues Amaya, la hija de Amparo y Bartolomé, los navarros.

    –¿Ah, sí?

    –Ha venido a pasar unos días con su novio y con la hija que tuvo de su primer matrimonio.

    –¿Ah, sí?

    –Se divorciaron el año pasado. Me lo contó Isabel, la del primero. Nosotros hace tiempo que no hablamos con los navarros. Ya no vienen por aquí.

    ¡Quién lo hubiera dicho! El Leman vendido a unos advenedizos y esa mocosa más alta que yo, divorciada y con un niño.

    Me tumbé en la hamaca mientras mi padre ultimaba la ensalada y mi madre freía el pescado en la cocina. Cerré los ojos y escuché la balada de los pájaros en las palmeras. Hubiera podido volar como ellos, ahora que había recuperado el paraíso perdido de la infancia. Pero la impotencia de un hombre, su súplica irritada, su cansado aliento de padre por delegación, me cortaron las alas y me proyectaron de golpe a la bronca tierra.

    Era el vecino de al lado, la pareja de Amaya.

    –Jesús, cooome… –repetía, con la paciencia de un santo.

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